Educación emocional

Emociones en el aula

Nos toca como humanidad transitar por un momento marcado por malestares varios: la disconformidad, la infelicidad, la incapacidad de disfrutar, la adicción a las tecnologías y una suerte de horror al vacío, las guerras, el consumismo y el deseo superficial sin sentido, esa constante búsqueda de placer y evitación del dolor. Cada vez más apremiados por los tiempos, robotizados, cada vez más conectados y sólo aparentemente más cerca del otro, pero más insensibles ante el dolor del prójimo.

Frente a todo ello, aparecen tres caminos posibles: la desidia por esa sensación de que nada puede cambiar; la añoranza de un tiempo pasado mejor y la queja constante improductiva; o la esperanza activa, propositiva, de la mano de la toma de responsabilidad.

La educación, tal como la visualiza la UNESCO, tiene la capacidad de transformar vidas, cuando además de ocuparse del aprender a hacer y aprender a aprender, se ocupa de que las personas aprendamos convivir y a ser (Jacques Delors). Ese es el aspecto humano y humanizante de la educación, por su posibilidad de contribuir a la autorrealización de las personas y guiarlas hacia relaciones interpersonales y con el entorno más saludables. Una pedagogía amorosa orientada a la felicidad (Claudio Naranjo), que trae el éxito por añadidura.

La tradición filosófica occidental nos ha acostumbrado a distinguir la mente del cuerpo, el pensamiento de las emociones, y más aún a privilegiar el intelecto por encima de las otras dimensiones del ser humano. Sin embargo, existe entre ellas una compleja interrelación. A tal punto que hoy en día las neurociencias sostienen que la emoción precede al pensamiento (Joseph Le Doux) y que el éxito personal depende en un 75% de la Inteligencia Emocional y sólo un 25% del Cociente Intelectual (Daniel Goleman). Sí, las emociones intervienen en el desempeño, la memoria, la creatividad, e incluso afectan el sistema inmunológico.

La educación emocional implica entonces, una estrategia sistémica con la intención de propiciar el desarrollo de personas que vivan conectadas a su propia vida, a lo que les apasiona, les motiva, los mueve, a su propia energía y al sentido de utilidad en una comunidad. Una educación que ofrece a los educandos herramientas para buscar un camino, un lugar desde el cual estar con otros y dar lo que se tiene para dar. Una educación que colabore con el desarrollo de la flexibilidad necesaria en momentos de cambio y que permita visualizar los obstáculos como oportunidades de crecimiento.

En este sentido, apostar a la educación emocional es también una forma de hacer prevención primaria inespecífica en salud, minimizando la vulnerabilidad de las personas frente a la depresión, los intentos de autoeliminación, las adicciones, la ansiedad, el estrés, la violencia…

Es sobre esta base, que el Colegio Vaz Ferreira viene desarrollando desde el año 2010 un proyecto en educación emocional. Y como educar implica una actitud, (además del estudio, la delimitación y revisión en cada ciclo de objetivos y contenidos específicos, y la planificación y desarrollo de actividades concretas con los niños y niñas y con sus familias), dicho proyecto tiene que ver ante todo con una forma de estar y trabajar en un equipo multidisciplinario con el compromiso hacia el crecimiento personal y colectivo. Lo que se traduce en un clima de trabajo predominantemente armonioso y colaborativo, en la relación recíproca con las familias y con la comunidad a la cual este colegio pertenece. Así, las habilidades que se pretende contribuir a desarrollar en los niños y niñas, también se trabajan y desarrollan en los adultos de la comunidad educativa, buscando el aprendizaje por experimentación. Dado que como se señala anteriormente, el desarrollo emocional implica mucho más que la posibilidad de definir y reconocer emociones.



Chino MandarÍn